dimarts, 27 de febrer del 2007

Clàudia

Una cálida tarde de febrero Clàudia salió a la calle, sintiendo la suave brisa agradable en su rostro.
Iba caminando fijándose en los detalles, mientras comparaba la ciudad que amablemente la había adoptado por 6 meses y su amada Barcelona.
Dos ciudades muy diferentes y una sola persona: Clàudia.
Observaba el piso por donde pasaba, las anchas calles de Rosario, acompañadas de verdes árboles dando un aspecto amable a la ciudad de feos edificios construidos sin ley.
Se fijaba en los coches, la mayoría muy viejos, modelos que hacía años que no se veían en Barcelona, conduciendo bruscamente sin respetar las pocas señales de tráfico de la ciudad.
La gente, muy morena después del verano, con sus esbeltos cuerpos las mujeres y robustos los de los hombres, conseguidos a base de mucho gimnasio y de correr por el parque que bordea el río de la ciudad los atardeceres. Mucho culto al cuerpo, para todos los sexos y todas las edades. Muy guapos ellos, muy guapas ellas. Sobretodo muy agradables, eso sí, sin prisas.
A Clàudia le gustaba comparar el ritmo imparable de Barcelona y un poco estresante, con la calma de Rosario, que aunque es una ciudad grande tiene alma de pueblecito. Ella, en parte, había huido del no parar incansable de Barcelona, a la que amaba pero empezaba a oprimirle. Le gustaba pensar que había elegido bien. Una ciudad pintoresca, indescriptible, con río y mucho carácter.
Apenas hacía una semana que había llegado, pero empezaba a sentirse como en casa.
Le sorprendía corroborar la afición de los rosarinos por el mate, una gran tradición, que tomaban a todas horas, y le gustaba que los domingos toda la ciudad se reuniera alrededor del río compartiendo mate. Era una imagen muy bonita.
Tenía un buen presentimiento acerca de su estancia. Aunque le dolía no tener cerca a sus amigas, a las que cada día valoraba más, sabía que iba a ser una gran experiencia.